
¿Si hay medicamentos a base de plantas, por qué tratar con la fitoterapia?
Muy a menudo es imposible hablar de un solo principio activo, pues la eficacia medicinal proviene de la yuxtaposición de un conjunto de sustancias.
Cito aquí los trabajos efectuados sobre la alcachofa por el padre J.-M. Pelt y sus colegas (1).
La alcachofa contiene numerosos ácidos orgánicos alifáticos, entre ellos los ácidos metálico, cítrico y succínico. Tomados por separado, ninguno de ellos ha mostrado nunca la menor actividad diurética o colerética. Estas actividades aparecen cuando se mezclan los tres ácidos, y son a su vez fuertemente potenciadas por la adición de un cuarto ácido: el ácido hidroximetilacrílico contenido en la hoja de la alcachofa.
Podemos concluir de esta experiencia que las propiedades de una droga no son la suma de las propiedades de todos sus constituyentes tomados por separado.
Otras plantas tienen propiedades medicinales reconocidas pero no se ha conseguido relacionarlas con ningún principio:
La hoja de eucalipto tiene propiedades hipoglicemiantes muy netas, pero no se ha conseguido relacionarlas con ningún principio activo a pesar de las decenas de años de investigación efectuados por numerosas escuelas, en particular la escuela rusa.
Lo mismo ocurre respecto a las propiedades de una gran mayoría de plantas, como el majuelo o la valeriana

Las fórmulas a base de aceites esenciales y de tinturas madre indicadas en los tratamientos no son nunca limitativas. Su composición deber ser adaptada al tropismo pref erencial de esos medicamentos, al tropismo de los gérmenes de la enfermedad, y a los signos clínicos preponderantes. Esto es del dominio exclusivo del médico. Aquí más que en otros casos, es preciso conocer la génesis de la enfermedad, el terreno del paciente y el conjunto de las propiedades de los medicamentos utilizados. Una planta no se usa exclusivamente según su modo de acción dominante en apariencia y consagrado por la costumbre.
La salud es el bien primordial de todos. La de los niños es sagrada. No es permisible jugar a aprendices de brujos con ellos. La medicina fito-aromática padece ya bastante con todos los pseu-do-fitoterapeutas (que con la mayor frecuencia no son médicos) que la ejercen a tontas y a locas en detrimento de la salud y de la cartera del paciente.
La fito-aromaterapia, asociada con los oligo-elementos y el cloruro de magnesio, no basta por sí misma en la gran mayoría de los casos. Estas tres formas terapéuticas se inspiran en la misma noción de terreno.
La asociación sistemática, en una misma prescripción facultativa, de fitoterapia, de aromaterapia, de oligo-elementos, de homeopatía, de organoterapia, incluyendo a veces, añadidas en la misma sesión, la acupuntura, la auriculoterapia (¡todo ello para una misma persona!) es una prueba de irresponsabilidad médica y de desconocimiento total de cada una de estas medicinas (sin embargo no se pone en duda una cierta complementariedad).

Los orígenes de la aromaterapia se remontan al antiguo Egipto, unos 5 000 años atrás. Sin embargo, la terapia a base de aceites y esencias aromáticos es un sistema medicinal relativamente nuevo. Este antiguo arte curativo prácticamente fue redescubierto en el siglo pasado por el francés Rene Maurice Gattefossé. Químico y perfumista, Gattefossé se interesó sobremanera en la aromaterapia, al observar que los aceites esenciales de ciertas plantas producían efectos benéficos en la piel.
No contento con utilizarlas como ingredientes de sus perfumes, Gattefossé empezó a emplearlas para tratar padecimientos de la piel, y pronto descubrió su gran valor como agentes bactericidas y su potencial para combatir enfermedades infecciosas. A los trabajos de este pionero siguieron los de Godissart, Maury y Valnet, quienes fundaron la escuela francesa de aromaterapia,. cuyos logros pronto despertaron admiración y respeto.